Anagnórisis Munera.

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1. El torero se planta frente al toro. Baja el capote, sube el estoque, mira a los ojos del toro. El torero se ha plantado frente al toro de esta misma manera miles de veces antes. Ha interiorizado el ritual como el que se persigna. Ya no necesita pensar en ello y sin embargo piensa en ello cada vez. Junta los pies, agita el capote para que el toro baje la cabeza. El toro cabecea pero no termina de agacharla bien. El torero aguanta la respiración un segundo, un segundo en el que recuerda a todos los toros, todos y cada uno de los que ha lidiado. La posición del brazo, su embestida y la del animal, el tacto del acero entrando en la carne, su peso que lo adentra en sus entrañas. Agita el capote de nuevo, el toro escarba en la arena, el olor de la sangre del toro anterior sube por el aire, el toro no mansea, se lo piensa, sube la mirada hasta el torero. Y entonces el torero ve aquello que no ha visto en las miles de veces anteriores. El torero ve los ojos del toro, ojos negros, acuosos, inocentes. Se adentra en esos ojos, quedan conectados durante un lapso de tiempo que parece una eternidad, luego el torero deja caer el capote, el estoque también cae. Se gira y arrastra los pies hasta la barrera. Ha comprendido, ha roto un muro, saltado a un punto mayor de conciencia, un más allá, ha entendido. Se derrumba y rompe en llanto. Él, que ha dedicado su vida al toreo, ha visto en los ojos del animal el sufrimiento de todos los toros que ha matado. Es la última vez que torea y el primer toro que no matará.

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Elegía a Robin Williams

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Elegía a Robin Williams

Hay cierta justicia – sí, sin prefijo-
en tu suicidio. Cierto sentido.

Como si no hubiese otra manera.
Cierto sentido que alguien como tú
no soportase, o no encontrase formas, o maneras,
o tuviese algo a lo que.

Y no es aquello de los payasos tristes.
Al menos me da rabia decirlo así.
Es algo de tus ojos y la vida.
Eso de representar lo que uno no alcanza
hasta el punto de hacérnoslo creer.

También supongo que todo esto
tendrá que ver con mi infancia
y con lo que yo también pierdo.
Por todo eso estoy triste.

En cualquier caso, gracias, de veras,
anciana de látex, niño volador, genio de lámpara, doctor utópico, profesor con sueños,
ser humano que perdió la esperanza,
ahora también poema.

apuntes honestos. tres libros

estherramon1. Me leo Caza con hurones de Esther Ramón. He de reconocer que lo empecé hace mucho, se me hizo bola y lo tuve que dejar una temporada. Ahora lo retomo y acabo. Esther Ramón escribió Reses, el año que leí Reses no existió otro libro para mí, fue una de  las raras revoluciones poéticas (privadas, claro) a las que uno asiste en su vida. En Caza con hurones me encuentro de nuevo con la creación de un mundo que me fascina. Ahora además, mientras leía, me acordaba del Cerca de Pilar Frale Amador. Y sin embargo el libro se me ha hecho confuso en muchos momentos, como que me bloqueaba, no me daba espacio para entrar pero tampoco permiso para perderme. Sus imágenes a veces eran tan lejanas que no lograba encontrar nada de ellas a lo que agarrarme, pero tampoco Esther había escrito para que uno pueda salir y entrar en los poemas al gusto, así que he releído mucho, sin llegar a ningún lado.

2. El verano pasado mi maravillosa hermana Sabina Urraca me regaló El bello verano de Pavese en una vieja edición de Salvat que he leído este verano con el pertinente desplazamiento del espacio-tiempo. La historia es una jovencita y la vida de las jovencitas mezclada con la vida de los pintores. Se parece un poco a la Ginzburg en lo que tiene de paseos y cafés y charletas y vida que va pasando y se va quedando ahí, cerca de la 27776898vida. Aunque a mí la Ginzburg me gusta más.

3. Leo Manicomio, de Maurizio Medo que ha publicado por primera vez en España Vasarek. Esto es una locura rara, como el título indica, un loco en el psiquiátrico, muchas voces como en la cabeza de un loco, un poeta y un yonki y un señor frente al televisor y alguien que ha cruzado esa puerta a ese otro lugar donde cae más luz sobre las cosas y se ven mejor aunque cuando nos lo cuenten nosotros no lo entendamos. Me gusta la idea, me gusta la forma. Hay Huidobro y Vallejo y Zurita y Girondo y algo de los States también. Todo esto muy bien y sin embargo el libro me dice muy poco, no sé si es por ser de distinta generación y de otro continente. Pero es otro libro del que salgo igual que entré.

Nota: Me chivan que Icaria deja de publicar poesía. Una editorial de poesía menos. Una pena más.

Claus y Lucas, de Agota Kristoff

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*imagen de Forced Entertainment que acaba de estrenar El gran cuaderno , de A. Kristoff

Hace un par de horas que terminé de leer Claus y Lucas. Estaba sentado en la terraza de un pequeño café en una zona poco turística de Praga, frente a las vías del tren. He llorado un poco, no mucho, apenas un par de lágrimas. Luego me he encendido un cigarro y lo he fumado mientras sentía una pena profunda. Luego he vuelto a casa y se lo he contado a Anna; me ha preguntado si el libro era más triste que la vida, le he dicho que no más, que igual de triste que la vida. Luego he jugado un poco con nuestro gato, Roger. Anoche de madrugada se cayó por la ventana, nos acabamos de mudar, llovía como si fuese el fin del mundo y Roger se dedicaba a recorrer las cornisas; se resbaló y se cayó. No le pasó nada, sólo se mordió un poco la lengua, pero nos asustamos, fuimos al veterinario, nos acostamos cuando amanecía.

He bajado a fumar y he seguido estando triste. Triste porque se acabe un libro como Claus y Lucas, por saber que probablemente no encontraré otro igual en unos cuantos años. Triste por lo devastador de la novela, o de las tres novelas que funcionan juntas como una gran novela.

Mientras fumo intento recordar cuándo había sido la última vez que me había sentido así. Recuerdo la representación de La habitación de Isabella de Jan Lauwers en el Teatro Español. Fui a verla solo, me dejaron entrar sin pagar y me senté en una de las primeras filas. Recuerdo llorar durante toda la última parte, con aquel monólogo imponenente de Viviane de Muynck que se alargaba hasta el infinito y aquella canción final con el lema We just go on. También sentí algo parecido con el monólogo final de Óscar Gómez Mata en la pieza de L’Alakran, Kairos, sísifos y zombies, con su madre tendida en el suelo y una gran casa para pájaros al fondo del escenario. Estos tres escenarios: el de Jan Lauwers con la NeedCompany, el de Óscar Gómez Mata y el de Agota Kristoff tienen en común sus cierres basados en grandes monólogos que hacen recuento de lo ocurrido; también son sentidos homenajes a la familia. No a la familia como ente sino a la familia privada, a la familia de cada uno.

Rebusco una página destacada en la primera novela. El gran cuaderno es probablemente la más poderosa de las tres novelas, sin que las otras dos sean menos, debido a la prosa certera, a los hechos devastadores de que se da cuenta y a su estructura singular. En ella, dos gemelos que se ven abandonados en casa de una abuela a la que no conocían, en una ciudad de la frontera en medio de la guerra, se dedican a rellenar un gran cuaderno con ejercicios para sobrevivir: ejercicio de mendicidad, ejercicio de endurecimiento del cuerpo, ejercicio de endurecimiento del espíritu. Los gemelos hablan siempre juntos, con una sola voz, y viven en una vorágine de dolor, desesperación, sexo, muerte… pero aplican una mirada tranquila y distanciada sobre la locura que son los tiempos de guerra. Encuentro la página.

Para decidir si algo está ‘bien’ o ‘mal’ tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos.
Por ejemplo, está prohibido escribir: ‘la abuela se parece a una bruja’. Pero sí está permitido escribir: ‘la gente llama a la abuela «la Bruja?»’.
Está prohibido escribir: ‘el pueblo es bonito’, porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas.
Del mismo modo, si escribimos: ‘el ordenanza es bueno’, no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que nosotros ignoramos. Escribimos, sencillamente: ‘el ordenanza nos ha dado unas mantas’.
Escribiremos: ‘comemos muchas nueces’, y no: ‘nos gustan las nueces’, porque la palabra ‘gustar’ no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad. ‘Nos gustan las nueces’ y ‘nos gusta nuestra madre’ no puede querer decir lo mismo. L a primera fórmula designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento.
Las palabras que definen sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Cuando la leí, al principio de la primera novela, pensé: bien, correcto, me gusta, la literatura despojada me gusta y además Agota te mete una poética en medio de la novela. Me gusta la literatura despojada, sin miramientos, que no se recrea en si misma, que te destruye sin pensárselo. Pero esta apuesta por la verdad en El gran cuaderno sirve para abofetearte en las dos siguientes novelas, La prueba y La tercera mentira, sobre todo esta última.

La poeta Layla Martínez se ha leído Claus y Lucas al mismo tiempo que yo. A ella también le ha supuesto un golpe en toda la línea de flotación, como supongo que le pasará a todo aquel que se acerque a estas páginas. En la breve reseña de su blog señala que El gran cuaderno es tan perfecta que los otros dos resultan casi innecesarios. Disiento con Layla, es precisamente tras la perfecta primera novela que los palos empiezan a caer todavía más fuerte y debido a cómo Agota va retorciendo la historia desde distintos puntos de vista y recreando distintas versiones nos enfrentamos al fracaso de la memoria, de la verdad, pero sobre todo el fracaso de encontrarnos con las palabras, de la necesidad de encontrar una historia común que nos diga (de forma desesperada) para poder estar juntos y de la imposibilidad de esta historia, del horror de los puntos de vista, de la masacre de las versiones, de la ansiedad al estar perdido en historias que nos acercan y nos alejan los unos de los otros sin una lógica a la que agarrarnos, como la Historia, como la vida.
Termino de escribir esto al día siguiente, en el mimo café, frente a las mismas vías. Vuelve a hacer mal tiempo como la noche en que Roger se cayó por la ventana en este verano disfuncional. Léanse Claus y Lucas; es un libro que emociona, una palabra que hemos erradicado un poquito del arte y hay que traerla de vuelta; Agota Kristoff lo hace, sin describir emociones, no como yo.

*reseña publicada en tanyible

Fijación, de Ron Padgett

Fijación

No es tan difícil trepar
a una cruz y que te atraviesen clavos
en las manos y los pies.
Claro que dolería, pero
si tuvieses suficiente fuerza mental
no lo notarías. Lo que
notarías es cuán lejos
puedes ver desde aquí arriba, cómo
incluso hay una brisa
que calma la sangre que emanas.
Las colinas de olivos sumándose
a otras colinas con caminos y chozas,
rebaños de ovejas en una ladera lejana.

de You Never Know, Ron Padgett
traducción de Ángel Talián

Fixation

It’s not that hard to climb up
on a cross and have nails drriven
into your hands and feet.
Of course it would hurt, but
if your mind were strong enough
you wouldn’t notice. You
would notice how much farther
you can see up here, how
there’s even a breeze
that cools your leaking blood.
The hills with roads and huts,
flocks of sheep on a distante rise.