apuntes honestos. tres libros

estherramon1. Me leo Caza con hurones de Esther Ramón. He de reconocer que lo empecé hace mucho, se me hizo bol y lo tuve que dejar una temporada. Ahora lo retomo y acabo. Esther Ramón escribió Reses, el año que leí Reses no existió otro libr para mí, fue una de  las raras revoluciones poéticas (privadas, claro) a las que uno asiste en su vida. En Caza con hurones me encuentro de nuevo con la creación de un mundo que me fascina. Ahora además, mientras leía, me acordaba del Cerca de Pilar Frale Amador. Y sin embargo el libro se me ha hecho confuso en muchos momentos, como que me bloqueaba, no me daba espacio para entrar pero tampoco permiso para perderme. Sus imágenes a veces eran tan lejanas que no lograba encontrar nada de ellas a lo que agarrarme, pero tampoco Esther había escrito para que uno pueda salir y entrar en los poemas al gusto, así que he releído mucho, sin llegar a ningún lado.

2. El verano paado mi maravillosa hermana Sabina Urraca me regaló El bello verano de Pavese en una vieja edición de Salvat que he leído este verano con el pertinente desplazamiento del espacio-tiempo. La historia es una jovencita y la vida de las jovencitas mezclada con la vida de los pintores. Se parece un poco a la Ginzburg en lo que tiene de paseos y cafés y charletas y vida que va pasando y se va quedando ahí, cerca de la 27776898vida. Aunque a mí la Ginzburg me gusta más.

3. Leo Manicomio, de Maurizio Medo que ha publicado por primera vez en España Vasarek. Esto es una locura rara, como el título indica, un loco en el psiquiátrico, much
as voces como en la cabeza de un loco, un poeta y un yonki y un señor frente al televisor y alguien que ha cruzado esa puerta a ese otro lugar donde cae más luz sobre las cosas y se ven mejor aunque cuando nos lo cuenten nosotros no lo entendamos. Me gusta la idea, me gusta la forma. Hay Huidobro y Vallejo y Zurita y Girondo y algo de los States también. Todo esto muy bien y sin embargo el libro me dice muy poco, no sé si es por ser de distinta generación y de otro continente. Pero es otro libro del que salgo igual que entré.

Nota: Me chivan que Icaria deja de publicar poesía. Una editorial de poesía menos. Una pena más.

Claus y Lucas, de Agota Kristoff

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*imagen de Forced Entertainment que acaba de estrenar El gran cuaderno , de A. Kristoff

Hace un par de horas que terminé de leer Claus y Lucas. Estaba sentado en la terraza de un pequeño café en una zona poco turística de Praga, frente a las vías del tren. He llorado un poco, no mucho, apenas un par de lágrimas. Luego me he encendido un cigarro y lo he fumado mientras sentía una pena profunda. Luego he vuelto a casa y se lo he contado a Anna; me ha preguntado si el libro era más triste que la vida, le he dicho que no más, que igual de triste que la vida. Luego he jugado un poco con nuestro gato, Roger. Anoche de madrugada se cayó por la ventana, nos acabamos de mudar, llovía como si fuese el fin del mundo y Roger se dedicaba a recorrer las cornisas; se resbaló y se cayó. No le pasó nada, sólo se mordió un poco la lengua, pero nos asustamos, fuimos al veterinario, nos acostamos cuando amanecía.

He bajado a fumar y he seguido estando triste. Triste porque se acabe un libro como Claus y Lucas, por saber que probablemente no encontraré otro igual en unos cuantos años. Triste por lo devastador de la novela, o de las tres novelas que funcionan juntas como una gran novela.

Mientras fumo intento recordar cuándo había sido la última vez que me había sentido así. Recuerdo la representación de La habitación de Isabella de Jan Lauwers en el Teatro Español. Fui a verla solo, me dejaron entrar sin pagar y me senté en una de las primeras filas. Recuerdo llorar durante toda la última parte, con aquel monólogo imponenente de Viviane de Muynck que se alargaba hasta el infinito y aquella canción final con el lema We just go on. También sentí algo parecido con el monólogo final de Óscar Gómez Mata en la pieza de L’Alakran, Kairos, sísifos y zombies, con su madre tendida en el suelo y una gran casa para pájaros al fondo del escenario. Estos tres escenarios: el de Jan Lauwers con la NeedCompany, el de Óscar Gómez Mata y el de Agota Kristoff tienen en común sus cierres basados en grandes monólogos que hacen recuento de lo ocurrido; también son sentidos homenajes a la familia. No a la familia como ente sino a la familia privada, a la familia de cada uno.

Rebusco una página destacada en la primera novela. El gran cuaderno es probablemente la más poderosa de las tres novelas, sin que las otras dos sean menos, debido a la prosa certera, a los hechos devastadores de que se da cuenta y a su estructura singular. En ella, dos gemelos que se ven abandonados en casa de una abuela a la que no conocían, en una ciudad de la frontera en medio de la guerra, se dedican a rellenar un gran cuaderno con ejercicios para sobrevivir: ejercicio de mendicidad, ejercicio de endurecimiento del cuerpo, ejercicio de endurecimiento del espíritu. Los gemelos hablan siempre juntos, con una sola voz, y viven en una vorágine de dolor, desesperación, sexo, muerte… pero aplican una mirada tranquila y distanciada sobre la locura que son los tiempos de guerra. Encuentro la página.

Para decidir si algo está ‘bien’ o ‘mal’ tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos.
Por ejemplo, está prohibido escribir: ‘la abuela se parece a una bruja’. Pero sí está permitido escribir: ‘la gente llama a la abuela «la Bruja?»’.
Está prohibido escribir: ‘el pueblo es bonito’, porque el pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otras personas.
Del mismo modo, si escribimos: ‘el ordenanza es bueno’, no es verdad, porque el ordenanza puede ser capaz de cometer maldades que nosotros ignoramos. Escribimos, sencillamente: ‘el ordenanza nos ha dado unas mantas’.
Escribiremos: ‘comemos muchas nueces’, y no: ‘nos gustan las nueces’, porque la palabra ‘gustar’ no es una palabra segura, carece de precisión y de objetividad. ‘Nos gustan las nueces’ y ‘nos gusta nuestra madre’ no puede querer decir lo mismo. L a primera fórmula designa un gusto agradable en la boca, y la segunda, un sentimiento.
Las palabras que definen sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Cuando la leí, al principio de la primera novela, pensé: bien, correcto, me gusta, la literatura despojada me gusta y además Agota te mete una poética en medio de la novela. Me gusta la literatura despojada, sin miramientos, que no se recrea en si misma, que te destruye sin pensárselo. Pero esta apuesta por la verdad en El gran cuaderno sirve para abofetearte en las dos siguientes novelas, La prueba y La tercera mentira, sobre todo esta última.

La poeta Layla Martínez se ha leído Claus y Lucas al mismo tiempo que yo. A ella también le ha supuesto un golpe en toda la línea de flotación, como supongo que le pasará a todo aquel que se acerque a estas páginas. En la breve reseña de su blog señala que El gran cuaderno es tan perfecta que los otros dos resultan casi innecesarios. Disiento con Layla, es precisamente tras la perfecta primera novela que los palos empiezan a caer todavía más fuerte y debido a cómo Agota va retorciendo la historia desde distintos puntos de vista y recreando distintas versiones nos enfrentamos al fracaso de la memoria, de la verdad, pero sobre todo el fracaso de encontrarnos con las palabras, de la necesidad de encontrar una historia común que nos diga (de forma desesperada) para poder estar juntos y de la imposibilidad de esta historia, del horror de los puntos de vista, de la masacre de las versiones, de la ansiedad al estar perdido en historias que nos acercan y nos alejan los unos de los otros sin una lógica a la que agarrarnos, como la Historia, como la vida.
Termino de escribir esto al día siguiente, en el mimo café, frente a las mismas vías. Vuelve a hacer mal tiempo como la noche en que Roger se cayó por la ventana en este verano disfuncional. Léanse Claus y Lucas; es un libro que emociona, una palabra que hemos erradicado un poquito del arte y hay que traerla de vuelta; Agota Kristoff lo hace, sin describir emociones, no como yo.

*reseña publicada en tanyible

Fijación, de Ron Padgett

Fijación

No es tan difícil trepar
a una cruz y que te atraviesen clavos
en las manos y los pies.
Claro que dolería, pero
si tuvieses suficiente fuerza mental
no lo notarías. Lo que
notarías es cuán lejos
puedes ver desde aquí arriba, cómo
incluso hay una brisa
que calma la sangre que emanas.
Las colinas de olivos sumándose
a otras colinas con caminos y chozas,
rebaños de ovejas en una ladera lejana.

de You Never Know, Ron Padgett
traducción de Ángel Talián

Fixation

It’s not that hard to climb up
on a cross and have nails drriven
into your hands and feet.
Of course it would hurt, but
if your mind were strong enough
you wouldn’t notice. You
would notice how much farther
you can see up here, how
there’s even a breeze
that cools your leaking blood.
The hills with roads and huts,
flocks of sheep on a distante rise.

 

 

Dos libros de Rodrigo Olay

magritte

Cerrar los ojos para verte

Bien, centrémonos, Rodrigo Olay es un jovencísimo poeta. Yo creía que un servidor era el poeta más joven de España, pero no, los hay más jóvenes que yo (e incluso mejores). La cosa es Rodrigo Olay, es, línea clara, lo primero, es también, línea del norte, es decir, tiene de abuelos a: Víctor Botas, José Luis García Martín, Miguel d’Ors.

Cerrar los ojos para verte es su primer libro, ganó un premio de Asturias, Asturies, como todos, en este bendito país muy pocos publican de otra manera. El título es regulero, o, más bien, hace referencia a la parte que a mí menos me gusta del libro. El amor. El amor de un poeta joven. Luego en su segundo libro insistirá Rodrigo Olay en poemas de amor de un poeta joven de la línea clara. A mí el amor como que me aburre, de entrada se me ocurren mil cosas más interesantes sobre las que escribir y sobre todo leer, y si encima lo haces así en endecasílabo, bien dicho, clarito, pues ya se me revuelve el asunto intestinal.

Lo bueno de Cerrar los ojos para verte es que no es sólo eso, ¡ni mucho menos! Rodrigo Olay mete aquí todo el discurso del Otro, como en la primera parte, muy d’Ors, o en la última donde ya casi llega a Borges con un juego de identidades muy divertido. Además ataca el Otro no sólo desde el contenido, sino también con la forma, con todo el poderío del lenguaje.

AUTORRETRATO

Que estás harto de taxis, de teléfonos,
de turbios aguaceros, de cristales,
de noches oscurísimas y frías
en sucios arrabales (sic), de bares
a deshoras, del tacto del silencio,
de los años perdidos, de amistades
peligrosas, de libros, de ciudades (…).
Que estoy harto -estás harto- y ya no puedo
seguir jugando a la literatura.
Estás solo -estoy solo- y no hay remedio,
y aquí sólo extraigo un mar de dudas,
y me dejo embarcar por la mentira
de no vivir viviendo en esta isla.
Y sabes mi secreto, estás perdido.
Nada tienes y no te queda nada
si salto sin la red de las palabras.
Estoy solo -estás solo- y malherido.

También me gusta como escribe, o cómo escribe, porque escribe muy bien. Suena bien, suenan bien las palabras unas detrás de otras y eso, quizá, sea una de las claves, y eso lo tiene, lo maneja a la perfección, cada poema tiene algo, no hay ninguno que digas bah, incluso los de amor, tienen esa fuerza de los primeros libros, del que escribe tanteando, del que arriesga, del que juega, prueba, del que escribe desde sus mayores y a la vez intenta darlos la vuelta. Intenso y divertido este Cerrar los ojos para verte.

La Víspera

La Víspera es lo mismo y es otra cosa. Han pasado unos cuantos años, tres o cuatro, y Rodrigo Olay viene a confirmar mi teoría de los segundos libros. Los primeros libros de los buenos poetas son intensos, deslumbrantes, dicen aquí estoy, miradme, son algo arrolladores. Luego el poeta se centra, se calma, se empieza a preguntar cosas, profundiza, madura, y los libros se hacen más sobrios, más parcos, más difíciles, quizá menos agradables de leer. A mí me parece que este es el buen camino y que La víspera nos dice que Rodrigo Olay  se adentra en lo oscuro,  se ocupa de aquello que molesta,  no ceja en el empeño, se hace más fuerte y dará frutos esta insistencia.

Sólo le tengo un pero en este libro y en el anterior y es lo de hacerse el viejo. Hay cierta tendencia en muchos poetas jóvenes en escribir desde el punto de vista de alguien viejo, es insoportable además de ser mentira, pues cuando uno se va haciendo más viejo, ve lo estúpido que era ese creerse viejo de antaño. Esto no lo digo yo que me lo han dicho, que yo soy joven todavía, todavía joven.

 BEAT GENERATION

Escapar. La carretera.
El Chevrolet. Algún disco
y algún libro. San Francisco.
Lucky Strike. La camarera
de otro bar. La noche entera
despiertos. Ácido. El mar.
Miles Davis. Corea. Aullar
al horizonte. Escribir
porque vamos a morir
pero pudimos amar.

Nombres y animales, de Rita Indiana

VET HOUSE VETERINARIA medico veterinario a domicilio

Decía Malherido el otro día a cuenta de Ladrilleros de Selva Almada, (por cierto qué bien ponen los padres latinoamericanos los nombres a sus hijos escritores) que había una tendencia latinoamericana  a hacer novelas “verbales, atemporales, con raigambre…”. Lo de Rita Indiana es un poco así. Una chica (que es ella) va a vivir con sus tíos y a trabajar en su clínica veterinaria de secretaria y poco más, hay un gatete del que no sabemos el nombre y hay que buscárselo, de ahí el título, y luego lo de siempre por esos lares que si la familia se amplía inesperadamente, que si la familia es loca loca, y unos van y otros vienen, y hay mucho loco en el manicomio y alguien se muere y mientras pues se atienden animales en la clínica y eso y todo muy realismo mágico. En realidad yo creo que Cien años de soledad es una telenovela escrita de porros.

Nombres y animales es un poco los nietos del realismo mágico intentando hacer lo de los abuelos, pero, ahora, queda raro. Yo soy fans del realismo mágico y de los nietos también. Tengo la teoría del acento. Nos gusta que nos hablen español con otro acento, nos da morbo, por eso está la calle Huertas llena de reparteflyers argentinos intentando meterte en un bar, porque nos hablan y nos vamos con ellos. En la escritura nos pasa un poco lo mismo, nos escribe un mejicano o un argentino en costumbrismo slang y nos volvemos loquitos (el costumbrismo allí, por enfatizar, es mágico, o la ida de pinza). Me pregunto si allí les interesará una novela cheli más que las suyas. Pues eso que esto es como Yuri Herrera; que escribimos muy bien pero un poco para nada, que contamos lo de siempre y lo hacemos muy bien, lo de la familia loca, lo de la abuela que cuenta historias sin sentido, y la escritura fluye y es divertida hasta casi arriesgada y a mí me da siempre llamarlo entretenimiento bien hecho, así, con todo su mal sentido.

Cita (para que vean y se me alargue la reseña que no me da más) (cita, claro, escogida al azar):

Cuando Mauricio llegó al hospital ya el papá del niño le había reventado un ojo y doña Moni le había sellado la boca con tira de tape. Imaginé una pelea con otro perro o un camión a toda velocidad por la avenida Las Américas, le avisé a Tío Fin y él abrió la puerta para que lo colocaran sobre la camilla. Doña Moni estaba lista para ir al trabajo, conjunto sastre tipo Jackie Onassis con sobrepeso y un moño con mucho spray y muchos pinchos. Imaginé un banco donde entró de cajera y terminó de gerente, igual que mami, o una compañía de seguros en bancarrota. Salió del consultorio de Tío Fin y se recostó sobre mi escritorio para hacer un cheque, me lo entregó y se fue. 

El asunto, decía, no da más, si se aburren se la leen que entretenidos estarán. Pero ya les digo yo, que me estoy leyendo Agota Kristof ahora, que eso es otra cosa, otras palabras, palabras mayores, que forma y contenido se encuentran y eso pasa tan pocas veces, que esto es buena forma en decir lo de siempre, lo de nada, y eso, que los abuelos siguen por ahí dando caña. Chau.